Lista de contenidos
Si bien el cannabis se convirtió en un tema polémico a lo largo del siglo XX, el cáñamo desempeñó un papel importante en la economía y la industria durante varios siglos. Por este motivo, el estatus de la planta Cannabis sativa era muy distinto, ya que su cultivo se fomentaba y recompensaba. Repasemos siglos de historia del cáñamo.
¿Por qué el cáñamo era oro para un barco?
Antes del acero y las fibras sintéticas, un barco de guerra era básicamente madera, velas y kilómetros de cuerda. Y esas velas y cuerdas (la famosa jarcia) salían, sobre todo, de la fibra del cáñamo. Sí, de la misma especie que hoy cuidas con mimo en tu armario de cultivo. Las cifras dan vértigo. Según un estudio publicado en la Revista de Historia Naval, algo más del 20% del coste de un navío español del XVIII correspondía a materiales de cáñamo, y un navío de tres puentes necesitaba unas 150 toneladas de fibra.

¡Imagina la cantidad de plantas que hay detrás de cada barco! ¿Por qué precisamente el cáñamo? Porque su fibra resiste la tracción, el desgaste, la humedad y el sol mejor que el lino o el esparto. Para un marinero, eso significaba algo muy sencillo, que el aparejo no se rompiera en plena tormenta. Por algo el cáñamo era tan imprescindible para los marineros como para los verdugos, una comparación macabra que, como veremos, aparece en el propio Hemp for Victory.
La Armada española y su “dependencia báltica”
La relación entre la marina hispana y el cáñamo viene de lejos. Ya en 1281, Pedro III de Aragón ordenaba hacer acopio de cáñamo para su Real Armada. Pero el gran momento llegó en el siglo XVIII, cuando los Borbones se propusieron reconstruir una flota capaz de plantar cara a Inglaterra. El problema era serio, el mejor cáñamo de Europa se cultivaba en Rusia y salía por puertos del Báltico como Riga o San Petersburgo, con Holanda como gran intermediaria. Hasta mediados de siglo, la Armada compraba jarcias y lonas a contratistas privados que usaban mucho cáñamo ruso. ¿Y si estallaba una guerra con Suecia, Holanda o Inglaterra? Una pesadilla, barcos amarrados en puerto por falta de cuerda.

Economistas como Gerónimo de Uztáriz y ministros como el marqués de la Ensenada lo tenían claro, había que cultivar el cáñamo en casa. Ensenada llegó a enviar a Antonio de Ulloa a Escandinavia con el encargo de aprender cómo allí cultivaban pinos y cáñamo. ¡Espionaje cannábico de alto nivel en pleno Siglo de las Luces!
Las comisiones del cáñamo
A mediados del XVIII, la Corona dejó de depender solo de intermediarios y montó su propio sistema de compra directa. Nació así la Comisión del Cáñamo de Granada, organizada en 1752, casi sin cambios hasta 1789. Pronto se sumaron encargos en Aragón y Navarra, que tendría su propia comisión en 1778. ¿Cómo funcionaban? Los comisionados pactaban con los labradores cuánto iban a sembrar, vigilaban que se siguieran las mejores técnicas de cultivo y controlaban la cosecha hasta que llegaba a los arsenales. Y como muchos campesinos no tenían liquidez para empezar la temporada, la Armada les adelantaba dinero en metálico. Vamos, que el Estado era tu socio de cultivo, ¡y encima te pagaba por adelantado! El plan funcionó. Entre 1750 y 1784 la producción española de cáñamo creció un 62%, con Valencia, Aragón, Cataluña y Granada como grandes protagonistas.
Inglaterra, la gran potencia naval, todavía debatía en 1791 cómo fomentar su propio cultivo para dejar de importarlo.
Así se trabajaba el cáñamo naval
Si alguna vez has visto cómo crece una sativa, te sonará lo que viene. El cáñamo se sembraba entre abril y mayo y, como es una planta dioica, los machos maduraban unas semanas antes que las hembras, así que se cosechaba en dos tandas a partir de agosto. Eso sí, aquí nadie buscaba cogollos resinosos, el tesoro estaba en el tallo. Después llegaba el enriado, que consistía en sumergir los manojos en balsas de agua para que la fermentación separara la fibra de la parte leñosa. Tras secarlos, se agramaban (se machacaban para romper las cañas) y se espadaban y rastrillaban para limpiar la fibra. El resultado eran hebras largas y fuertes, listas para convertirse en cuerda o en lona. La fase final se hacía en grandes fábricas como la Real Fábrica de Sada (A Coruña), que llegó a emplear a unos 675 operarios, o las de los arsenales de Cartagena y La Carraca. El científico y marino Jorge Juan impuso un control de calidad implacable, en el que cada partida se ponía a prueba colgando peso de una cuerda hasta romperla, y si no aguantaba, se rechazaba.
Cáñamo y marihuana: ¿cuál es la diferencia?
¿Son lo mismo cáñamo y marihuana? ¿De dónde provienen estas plantas y cuáles son sus principales diferencias? En este artículo respondemos a estas preguntas y profundizamos respecto a sus orígenes, usos y métodos de cultivo.
El declive tras Carlos III
Tras la muerte de Carlos III en 1788, los programas de construcción naval se frenaron en seco y, con ellos, la demanda de cáñamo. La guerra de la Independencia terminó de rematar el sistema, y en 1817 una real orden devolvió la fabricación de jarcia a contratistas privados. Aun así, la semilla (nunca mejor dicho) quedó plantada. Las vegas de Granada, la huerta valenciana o la Vega Baja alicantina mantuvieron durante generaciones la cultura del cáñamo muy arraigada.
Si pasas por Callosa de Segura, su Museo del Cáñamo conserva herramientas como las espadillas con las que se limpiaba la fibra. ¡Una visita imprescindible para cualquier amante de la planta! Y el interés oficial reapareció más de una vez, entre 1928 y 1936 existieron en España organismos como el Comité Oficial del Cáñamo, dedicados a fomentar su cultivo. Pero esa ya es otra historia… porque nuestra siguiente parada está al otro lado del Atlántico.

Hemp for Victory
Aquí la historia se vuelve deliciosamente irónica. En 1937, Estados Unidos aprobó la Marihuana Tax Act, la ley impulsada por Harry Anslinger que asfixió el cultivo de cannabis a base de impuestos y burocracia. El propio Anslinger prometió que dejaría en paz a la industria del cáñamo, pero el sector quedó tocado. Solo cinco años después, todo cambió. Tras Pearl Harbor, Japón ocupó Filipinas y Estados Unidos perdió el acceso al “Manila hemp”, una fibra (el abacá) que, curiosamente, ni siquiera es cáñamo y que procedía de una antigua colonia española.
La Navy se quedaba sin cuerdas, y el Gobierno hizo lo impensable, pedir a sus granjeros que volvieran a plantar cáñamo. Para convencerlos, el Departamento de Agricultura (USDA) produjo en 1942 Hemp for Victory, un cortometraje de unos 14 minutos que explica cómo cultivar, cosechar y procesar la planta para usos militares. El film presume de que ese año los agricultores sembraron 36.000 acres de cáñamo para semilla a petición del Gobierno, con el objetivo de llegar a 50.000 en 1943. Kentucky fue el gran escenario, y las autoridades llegaron a ofrecer semillas, incentivos y plantas de procesado para que el cultivo resultara rentable. La película que “nunca existió” (y cómo la rescató Jack Herer).

Terminada la guerra, el cáñamo volvió al rincón de los castigados y la producción de fibra en Kentucky se apagó poco después. Lo curioso es lo que pasó con el documental, durante décadas, tanto el USDA como la Biblioteca del Congreso negaron que se hubiera rodado. Un vídeo del Gobierno animando a plantar cannabis no encajaba demasiado con el relato oficial, ¿verdad? Según se cuenta, en 1976 apareció una copia que llegó a manos de un periodista en Florida. A partir de ahí, el film se convirtió en un auténtico icono del movimiento pro-cáñamo. El activista Jack Herer, autor del mítico libro The Emperor Wears No Clothes (y sí, el mismo que da nombre a una de las variedades más legendarias de la historia), lo difundió por todas partes como prueba de la doble moral prohibicionista. Hoy no hace falta rebuscar en sótanos polvorientos, la Biblioteca Nacional de Agricultura de EE. UU. lo tiene catalogado en sus colecciones especiales. ¡Pocas veces la propaganda oficial ha envejecido tan bien!
La misma lección en dos épocas distintas
Si pones ambas historias una al lado de la otra, el paralelismo es asombroso. En los dos casos, una potencia naval dependía de una fibra extranjera (el cáñamo ruso para España, el abacá filipino para Estados Unidos) y, ante el riesgo de quedarse sin ella, recurrió a sus propios campesinos. Y en los dos casos, el cáñamo respondió como un campeón. La gran diferencia está en lo que vino después. En España, la planta perdió protagonismo por pura economía, cuando dejaron de construirse barcos. En Estados Unidos, en cambio, el cáñamo pasó de héroe de guerra a sospechoso habitual en cuestión de meses, atrapado en la misma red legal que el cannabis psicoactivo.

¿Y hoy? El cáñamo industrial vive una nueva edad de oro en textiles, bioconstrucción, alimentación o productos con CBD. Las variedades actuales de cáñamo certificado tienen un contenido de THC muy bajo, lo que permite aprovechar su fibra, su semilla y sus cannabinoides no psicoactivos. Una planta que vistió navíos y ganó guerras demuestra, una vez más, que tenía mucho más que ofrecer de lo que la prohibición quiso admitir.
De los arsenales de Cartagena a los campos de Kentucky, la historia demuestra que hubo un tiempo en que cultivar cáñamo era un deber patriótico. Reyes, ministros y gobiernos enteros sabían perfectamente lo valiosa que era esta planta… hasta que les convino olvidarlo. La próxima vez que alguien te diga que el cannabis siempre ha estado mal visto, ya tienes un par de historias para contarle.
¡Feliz cosecha!
Fuentes
- Acosta Ortega, F. “Suministro de fibra de cáñamo en la segunda mitad del siglo XVIII”
- Revista de Historia Naval 168 (2025)
- Hemp For Victory, USDA National Agricultural Library
- Transcripción de Hemp for Victory, Hempology
- Kentucky Hempsters
- Marginal Revolution
- Mises Wire
- Media Burn Archive
