Durante décadas, el cannabis fue sinónimo de diversidad, no sólo en potencia o producción, sino en algo mucho más difícil de definir: carácter. Había variedades que parecían pertenecer a mundos distintos, algunas olían a barniz o disolvente, otras a incienso, almizcle, incluso a fruta... imposibles de encajar en cualquier otra categoría botánica conocida. Dentro de una misma cosecha, la experiencia podía cambiar muchísimo de una planta a otra, si; grandes diferencias entre hermanas. Semillas de cannabis: donde todo comienza. Sin embargo, en los últimos años, una idea se repite con insistencia entre cultivadores, breeders y usuarios experimentados: gran parte del cannabis moderno parece moverse dentro de un rango cada vez más estrecho de aromas, efectos y sensaciones, dando lugar a flores impecables en apariencia, resinosas, y potentes. Pero también en muchos casos, sorprendentemente familiares entre sí, como si distintas genéticas estuvieran hablando cada vez más en un idioma común. La pregunta no es si esto es bueno o malo. La pregunta es otra, más incómoda: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? En este artículo, un cultivador de la vieja escuela comparte su perspectiva sobre el estado actual del panorama internacional del cannabis.